Ni violentadas ni subestimadas.

 

A partir de los 5 años, quizás a alguna le haya pasado también antes; casi todas las mujeres hemos visto el pene de un varón, en la mayoría de los casos adulto, en todos los casos sin consentirlo. Esto sucederá muchas veces a la largo de nuestra vida en situaciones más o menos aberrantes y asqueantes. 

También hemos presenciado la escena en la que algún varón se toca o masturba delante nuestro sin que lo que hayamos consentido. En la mayoría amplia de todos estos casos la escena tendrá lugar en la calle, la vía pública, el espacio público, ese lugar en el que a partir de ahí y para siempre no nos sentiremos nunca más seguras, aunque tampoco podamos sentirnos seguras en nuestras casas, porque la mitad de los feminicidios ocurren en el interior de nuestros hogares, los abusos sexuales en la infancia también. 

Entre ayer y hoy recibimos algo así como 1000 testimonios de compañeras que cuentan todo el abanico de situaciones en las que nos hemos visto violentadas, sorprendidas, asqueadas, porque un varón desnuda su genitalidad, adelante nuestro, en una escena en la que si no es que se masturba, por lo menos se exhibe como quien exhibe algo fabuloso, como un premio, “la sorpresa”. Desconocidos, conocidos, padres de compañeras de la escuela, vecinos, el pintor, un profesor de algo, tu tío, tu abuelo, tu primo, un tipo que pasaba por ahí y le pintó. O sea cualquiera. A veces solo, a veces acompañado de un socio de su cofradía. 

La mayoría primero nos sorprendemos, después nos sentimos violentadas, nos violenta la impunidad con la que un tipo puede hacer esto en la calle, en instagram, en cualquier lado,  nos da asco.  

Muchas veces, muchísimas, estas historias quedan almacenadas como momentos traumáticos en nuestra memoria, hasta que un suceso las trae al presente, un suceso como este video.

En general si nos ha sucedido en soledad, no las contamos, nos da vergüenza, a nosotras nos da vergüenza, sentimos vergüenza y culpa, esos dos recursos que el patriarcado tiene para someternos, aislarnos y despotenciarnos;  ese nivel de eficiencia tienen estos dispositivos que nos adoctrinan y nos educan para la sumisión. Sentimos vergüenza, porque en algún punto creemos que no tenemos el derecho de estar ahí en la calle, circulando, existiendo y viviendo, como si lo que sucede fuera culpa nuestra por estar en un lugar que no nos pertenece, o porque “los provocamos” o “los hacemos poner así”, porque quizás “hicimos algo que los indujo a …”. Muchas de estas historias las compañeras las contaron hoy por primera vez. Por eso, porque nos dan vergüenza. 

¿Es casual que tantas de nosotras hayamos pasado por situaciones idénticas, en bondis, trenes, en la calle, camino a la escuela, de vuelta del trabajo, andando en bici, caminando, lo que sea? ¿Es casual que forme parte de la biografía de nuestras madres y abuelas? 

¿Qué les pasa a los varones que necesitan exponer su pene? ¿Se los impone la genética? ¿Es una orden mental que no pueden no cumplir?

No. Nada de eso. Lo que sucede es que esto forma parte de una cultura que los educa para exhibirse, para dominarnos, para violentarnos, para jamás pedir permiso, ni esperar la manifestación del consentimiento. Los educa para mirarse y compararse los penes con sus compañeros, para confirmar su masculinidad en la exposición de sus genitales a niñas y mujeres que no tienen intención de verlos. 

Ese video que subimos ayer, se trata de eso, es la expresión de centurias  de esa educación, la educación que viene de la mano de todos los dispositivos culturales masivos que se utilizan para la normalización del abuso y la sumisión de nuestros cuerpos, como una forma de expropiarnos nuestra potencia, de escribir sobre nuestros cuerpos que no nos pertenecen, que no importa si queremos o no, no importa. Y eso lo tenemos que aprender desde niñas. Aprender que la calle no es para nosotras porque en la calle los varones pueden andar en pene si quieren, porque es una gracia para ellos, porque no pasa nada, porque no es ni delito ni habrá tampoco sanción de ninguna naturaleza porque por suerte para ellos, no nos enseñan a defendernos, ni a usar armas, ni a atacar a quien nos ataca. 

Y mientras los varones pueden “andar en pene” o masturbarse tranquilamente en el transporte público, en una plaza, en la calle o donde más o menos se les cante;  vos no vas a poder andar ni siquiera con la pollera muy corta.

Estas escenas, una y un millón de veces repetidas en nuestras biografías, en las de nuestras madres, abuelas, e hijas, suceden sin que nadie haga demasiado, tanto así que a un actor se le ocurre hacerlo como una gracia en un video en vivo de instagram, tanto así que nadie dice nada mientras sucede, y que la chica que lo está presenciando, no sabe muy bien qué decir ni cómo actuar. 

Ahora ambos dicen que fue consentido, que son compañeros de trabajo y bla bla bla.¿Importa? No. Y el señor que se masajeó el pene por instagram ahora dice que “no se dió cuenta”. ¿En serio? ¿Además de violentadas subestimadas? No. 

Porque el resultado es el mismo. Un video público, que circula en redes sociales es un contenido más que funciona como dispositivo que legitima y refuerza el mensaje de que los varones pueden hacer esto, que es un chiste, que tiene gracia. 

Alguien comentó por ahí que son artistas haciendo parte del show que hacen en teatro, bueno, entonces señor artista su arte es sexista y reproduce la cultura patriarcal que nos violenta y oprime desde hace siglos. Todo arte es político, especialmente el que no lo asume. 

El mundo está cambiando, especialmente estamos cambiando nosotras, y nuestras vidas, gracias a nuestra micro y macro política feminista, en la que politizamos lo personal, lo hacemos cada vez que decimos, “a mi me pasó”, cada vez que leemos a miles de compañeras decir “a mi también me pasó”, nos politizamos cuando decimos, basta, esto no va más, de esto no queremos más y nos organizamos para reportar contenidos,  que en el 99% de los casos es creado y circulado por varones en los que se reproduce el sexismo, la misoginia y la violencia simbólica. 

No les gusta, dicen que censuramos, que no entendemos de humor, que somos moralistas. Pueden ponerle el nombre o título que más les guste a lo que pensamos, pero reírse del oprimido es estar del lado del opresor, normalizar la violencia sobre nuestros cuerpos y subjetividades será siempre ejercerla. 

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