Ni un kilo menos

NI UN KILO MENOS

por Florencia Heredia*

Hola Flor. Disculpá que te moleste pero Agos tuvo una recaída muy fuerte y la estamos internando en la clínica. La psiquiatra dice que es lo mejor. Te aviso por si querés venir a verla. Seguro le hace bien hablar con vos. Reproduzco el audio que me mandó Vicky, la mamá de mi mejor amiga, mientras cruzo la plaza 9 de Julio para perderme entre la multitud que marcha al grito de NI UNA MENOS.

Agos y yo nos conocimos a los 13. Desde el primer día que llegó al Colegio del Huerto y se sentó adelante mío con sus dos trenzas y sus ojos de mundo, decidí que iba a ser mi mejor amiga y como a ella le gustó la idea, un día sellamos el pacto con un apretón baboso de manos.

Siempre fuimos muy compinches. A pesar de tener gustos muy diferentes, hacíamos de todo juntas, al punto que ella bailaba Reggaetón mientras yo leía Conan Doyle en la misma habitación. ¡Si hasta nos pusimos de novias con dos giles al mismo tiempo! Y ahora que lo pienso bien, supongo que ahí comenzaron los problemas.

Cuando tenés 15 años y todavía no desmitificaste los cuentos de Disney, crees que tu primer noviecito es el amor de tu vida ¡y capaz que sí! pero en el plano verosímil de la realidad y en el 99,9% de los casos ¡no! Claramente, en el colegio, las monjas estaban más ocupadas en que nos aprendamos el Credo Nicenoconstantinopolitano que en educarnos emocionalmente.

Me acuerdo que la relación de Agos con el pibito este no prosperó. El chabón le cortó, aduciendo que él estaba en un momento de su vida en el que necesitaba una chica más madura -o sea más grande y más linda- le dijo. Entonces, invadida de golpe por todas estas convenciones sociales ridículas y sin poder manejar la humillación que sintió en ese momento, Agos, en su campo semántico mental, asoció lindura con flacura y ese fue el epicentro del resto de los males que vinieron después.

A los 16 años flashábamos que íbamos a bailar como el resto de nuestras compañeras y, a las escondidas, nos probábamos las minis bolicheras de la prima de Agos, aunque a decir verdad, nunca lográbamos que nos suban más arriba de la rodilla. Qué loco, vuelvo a esos días, me acuerdo de su frustración ante el espejo, de la bronca que le latía en las manos y de todas las veces que lloró desconsoladamente en mi hombro hasta dormirse… y sin comer.

Mientras marcho, un poco desorientada y en trance, paso por un montón de locales de ropa que exhiben sus prendas en maniquíes con los cuerpos que, desde chicas, la tele, las revistas de moda e Internet nos han hecho creer que son los ideales. Cuerpos minúsculos, contorneados, flacos, entrenados y obvio, de talle único. Primera cachetada.

Me convidan un mate calentito pero me suena la panza. No como desde el almuerzo, tengo hambre y saco de la mochila una bolsita de frutos secos, la colación de media tarde que me recomendó la nutricionista cuando la fui a ver hace un mes, en medio de un ataque de llanto y ansiedad, dos horas después de verme la cara redonda y las piernas gordas en una nota que hice para el programa de tele en el que trabajo. Wow. Segunda cachetada.

Camino despacito detrás de unas antorchas con fuego incandescente que van marcando el paso y calentando las casi 10 cuadras de corazones verdes que laten desordenados. Canto que ahora estamos juntas y ahora sí nos ven pero de repente, el sonido de las voces de la marcha se remixa con la música de un gimnasio empapelado de mujeres desnudas y con físicos esculpidos… porque de cuerpos reales ni hablar ¿no?Tercera cachetada.

Estoy atontada. Miro alrededor y siento que la mayoría de las mujeres que ahora marchan al lado mío, en algún momento de sus vidas, incluso hasta inconscientemente, se han sentido cacheteadas por una patota de estereotipos mentirosos, se han visto violentadas simbólica y sistemáticamente por no encajar en los modelos estandarizados de belleza que propone el mercado y, es muy probable, que hayan sufrido la distancia perversa entre sus cuerpos reales y los que aparecen en Instagram.

Hace años que el empoderamiento femenino viene tomando forma y haciendo tambalear las anquilosadas estructuras patriarcales de dominación masculina. Entonces ¿por qué mientras más obstáculos materiales y legales superamos las mujeres, más barreras estéticas se nos imponen? Parece ser que este sistema ruin ha encontrado en los ideales de belleza femenina, las armas de control social que necesitaba para detener nuestro avance y para que permanezcamos siempre obedientes, disciplinadas y sobre todo, inseguras de nosotras mismas.

El contragolpe ha sido efectivo. Nos han inoculado los virus de los rollitos, de la celulitis, de las estrías, del 90, 60, 90, de las arrugas y ellos tienen la cura a todos esos males que creemos que tenemos: cirugías plásticas, tratamientos reductivos, dietas crónicas, actividades físicas extremas, alimentos ¿alimentos? para no engordar y cremas para no envejecer.

Desde que somos nenas, nos han instalado un chip, nos han formateado con precisiones acerca de qué es ser bella y nos han mentido asegurándonos que si cumplimos con esos cánones, se abrirán las puertas del paraíso de la aceptación. Resulta muy difícil desprogramarnos, resulta muy difícil entender que la belleza no es universal ni inmutable, y como dice Naomi Wolf “no está basada ni en el sexo ni en el género, ni en la estética ni en dios y ni siquiera tiene una función evolutiva, es sólo un mito”.

Lo cierto es que el anhelo de gustar se convierte muchas veces en obsesión y las mujeres nos convertimos en fieles servidoras de un sistema que exige cierta cantidad de kilos y de centímetros para entrar en los cánones de lo aceptable. Mi amiga Agos tenía una sonrisa XXL que no entraba en ningún parámetro pero se puso a dieta de amor propio y dejó de comer felicidad.

Marcho por ella, por sus huesos débiles, por sus raspones en la garganta, por su alma anémica, por sus manos vomitadas de tristeza y por lo poco que quedó de sus trenzas de los 13.
Corro a la clínica. Ella está despierta y me saca la lengua, apenas entro a la habitación.

-Vengo de la marcha, negrita- le digo, conteniendo las ganas de llorar.

– Me encanta locura. ¿Ya te peleaste con las moralinas del cole?- me pregunta Agos con un hilo de voz.

– No amiga, no me peleé con nadie hoy. ¿Y vos?

– Yo conmigo misma, vos viste, qué se yo. Un embole- responde mi amiga, mirando para la ventana.

Me desbordan las lágrimas y le doy un beso en su mano de dedos flacos, mientras dejo sonar mi congoja casi infantil.

-Te prometo que nunca más negrita. Ni un kilo menos- me dice Agos con tono de marcha.

*La autora es periodista y locutora Salteña.

5 pensamientos en “Ni un kilo menos

  1. TREMENDO Y REAL . MOVILIZADA LEO ESTAS LÍNEAS Y ME SIENTO TAN PARTE DE ESO QUE ME ASUSTA , ME OBLIGA A MIRAR DESDE OTRO LUGAR, ME CONMUEVE Y ME LIMPIA. GRACIAS !

  2. Felicitaciones por tan hermoso texto, es una experiencia personal que debe ser dificil compartir y sin embargo lo haces para visibilizar este mal social. Gracias!! Gracias por tu sororidad y por ser buena amiga con tu amiga, es un aporte enorme el tuyo!!

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